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miércoles, 17 de septiembre de 2014

i'm not ok but it's ok


Parada frente al espejo, miro mi reflejo detenidamente cuando los ojos marrones que me devuelven la mirada cambian a celestes, verdes y luego grises; cuando mis rasgos se convierten en los rasgos de todas las mujeres que vivieron, viven y vivirán. Observo cómo mi cuerpo toma la forma de una madre que sonríe frente a su hija sentada en la mesa de la cocina, una mujer que dice no privarse a sí misma pero que en cada movimiento de su tenedor siente que la culpa la consume. No escucha la conversación a su alrededor porque está decidiendo si puede o no comer otra porción de pizza. Me pregunto si ese es mi futuro, me pregunto si la herencia que dejaron las generaciones pasadas me afectará a mi también y si me volveré una mujer proporcional que se desvanece mientras el espacio que la rodea se magnifica, si mi linaje es uno en el que las mujeres se encogen, haciendo lugar para la entrada de hombres en sus vidas, sin saber cómo volver a llenarse una vez que se van. La observo desvanecerse mientras su esposo consume el espacio que ella abandona, mientras su hija observa.
Me prometo a mi misma que no voy a dejar que los hombres me controlen pero la sociedad en la que nací me enseñó a acomodarme, aprendí a absorber, aprendí la manera en la cual crear espacio alrededor de mi misma. Mientras me enseñaban a reducirme, le enseñaban a mis amigos cómo producir, cómo emitir, para rodar cada pensamiento fuera de sus lenguas con confianza, para acostumbrarlos a alzar su voz y ser escuchados. Desde hace décadas que las mujeres se reducen, todas lo aprendimos unas de otras, vamos por la vida recogiendo los hábitos que nuestras madres dejan caer sin siquiera saberlo, como trozos de papel picado que caen de sus bolsillos en sus incontables viajes desde el dormitorio a la cocina y al dormitorio otra vez. 
Voy al colegio y mi mejor amigo me pregunta cómo es que alguien puede tener hambre todo el tiempo. No le digo que me siento como una fugitiva robando calorías de las que no siento el derecho de ingerir, que cada vez que me encuentro con comida en mi plato tengo que afrontar la decisión de cuántas mordidas es demasiado porque no estoy segura de la cantidad de espacio que merezco ocupar. No le digo que no llevo plata conmigo para poder tener una excusa sobre por qué no almorcé. 
Hice cinco preguntas en la clase de química hoy y todas empezaron con la palabra "perdón", un hábito adquirido aunque me pregunto si realmente debo disculparme por mis ganas de aprender, si mi derecho de una educación es de alguna manera inferior al derecho de mis compañeros hombres. Cada vez que levanto la voz en la clase de historia para argumentar mi punto de vista en contra de su opinión simplemente descartan mis palabras con la escusa de que "estoy en mis días" ¿Qué tan fuerte tengo que hablar para ser escuchada en una sociedad gobernada por los hombres? ¿Qué tanto voy a dejar que me reduzcan? ¿Cuando voy a empezar a reclamar mi espacio? 
Vivo en una obsesión circular que nunca quise, una obsesión que nunca tuve la intención de replicar, pero la herencia es accidental, sin dejar de mirar hacia mi, con los ojos tristes desde el espejo.